martin patricio barrios | blanco. Yamal, el fin del mundo - Page 58

Niños El más chiquito está atado de la cintura a un larguero del chum, tiene una cicatriz horrible en una mano. «¿Fuego?», pregunté yo. «Lo mordió un perro, no estos, un perro», me dijo Dmitry. «Ah», contesté yo, tratando de querer entender qué quería decir «no estos, un perro», creo que entendí, no sé. Corre descalzo y a los gritos hasta que las cuerdas lo frenan en seco y se cae sentado, se queda un poco desconcertado, se vuelve a reír y corre para otro lado y así todo el tiempo. La más grande recién está de vuelta, se la prestaron a algún pariente que no tiene hijos, no sé qué grado de parentesco, pero seguro se la prestaron dos años porque ellos no tienen hijos y es bueno tener chicos en el chum. Mira todo con una especie de asombro desconfiado, por ahí parece entender algo y se ríe, se ríe ancho y los ojos le quedan como dos líneas finitas en la cara roja, tiene los dientes picados. La del medio es igual a la más grande, las mismas trenzas atadas al medio, el mismo vestido, la misma altura, la misma mirada brillante, la misma sonrisa que parece de una boca unos talles más grandes que su cara. La diferencia es que tiene una carterita de plástico. Se la cuelga del hombro y camina como una dama de la belle époque de una punta a la otra del chum. Ella nunca fue a una ciudad. No me vengan con eso de que soy machista. Afuera del chum no tengo ni idea de quién es qui ((