martin patricio barrios | blanco. Yamal, el fin del mundo - Page 46

Todos estamos en silencio, yo tengo las manos hinchadas como sapos y me parece que tuviera cardúmenes de erizos por el lado de adentro y por el lado de afuera de la piel que está al aire. Había salido un poco de sol, y eso parecía que daba más frío; el sol bajito bajito bajito, casi en el horizonte y el animal abre los ojos un poco, sabiendo, casi seguro que sabiendo que acá se acaba todo. Roman tira de un lado, Artyom del otro. Más bien dejan caer su peso sobre el lazo. Se miran fijo. El animal, sabiendo, con los ojos un poco más abiertos, dobla las patas. No pelea, no hace nada más que tener los ojos abiertos y dejarse llevar la vida en silencio, en el silencio de todos: de los hombres, de los perros que se quedaron quietos y ahora tienen hielo en las trompas, de los renos que se aceraron, de los renos que no se acercaron, del viento, del sol, de los dioses, de los motores, de mi sangre que hasta hace un rato me empujaba los oídos. Todos estamos en silencio, en círculo y el corazón brutal del animal deja de bombear, simplemente deja de bombear para que todos tomemos, en silencio, la sangre espumosa y tibia que juntamos del cuenco de su cuerpo vacío con una tacita de lata y lo único que no es blanco en la tundra son nuestras caras chorreadas de sangre tibia, espumosa. Artyom repartió el hígado. El hígado me entibió los dedos, me entibió el alma, me entibió la memoria; me chupé los dedos ensangrentados. Prendí un cigarrillo apoyado en el trineo. Los perros ni se movieron, los renos tampoco. Yo agradecí, en silencio, al reno, a los nenets, a los perros. Tal vez, incluso, agradecí a los dioses. No me atrevería a decirlo. Pusimos las partes de los renos faenados en el trineo y nos fuimos. En silencio.