martin patricio barrios | blanco. Yamal, el fin del mundo - Page 26

A veces se escucha algún motor haciendo fuerza, lejos, menos que un zumbido de abejorro; ellos se miran apenas, apenas levantan la vista hasta la vista apenas levantada de algún otro y siguen golpeando las hachas sobre las maderas heladas. Yo los recorro de a uno, les miro los ojos que no me miran, les miro las manos que apretan las hachas que tallan los troncos, los van afinando, moldeando; los miro de a uno, doy la vuelta, empiezo de nuevo tratando de encontrar algo. Algo que me ayude a entender qué pasó, qué cosa perturbó el paciente golpeteo de las hachas sobre las maderas heladas. Algo que me ayude a descifrar qué cosa se dicen estos tipos en ese mínimo destello de mirada, qué cosas pasan en el silencio tremendo de la tundra, porque hay algo que es claro: algo no está bien. Algo está mal pero ninguno destapó su fusil, ninguno tanteó el cuchillo. Entonces, me acerco a Dima, mi ángel de la guarda, mi padre, mi interface con absolutamente todo; le doy un cigarrillo y me quedo mirándolo fijo, sabiendo que no va a querer perder el tiempo explicándome nada y yo le aguanto la mirada con el fósforo quemándome los dedos. Dima resopla y dice medio bajito: «Gas scientists». Y, como siempre, a mitad del cigarrillo dice: «Excuse me, I already come».