martin patricio barrios | blanco. Yamal, el fin del mundo - Page 18

Habré ido hasta los bordes de los estaños de bares obscuros, tanteando con los pies para no chocar las sillas, los borrachos, los pedazos de amores sin esqueleto que rodaron por el piso entre botellas rotas y cáscaras de maní. Y yo toqué con la punta de mis zapatillas rojas, lento por las circunstancias, estiré las puntas de las zapatillas rojas y desatadas, lentas por la circunstancias, buscando el fondo o los escombros o las baldosas levantadas para no tropezar, para no caerme en el borde del estaño en tiempos en que había estaños y vinos espesos salidos de las grietas del AA machucado en la puerta del Don Felipe; toqué el borde de los abismos, con la misma incertidumbre de los niños jugando al gallito ciego, y una vez afuera meé contra las paredes sosteniéndome con las palmas enrojecidas, sabiendo que había vuelto, que estaba afuera, sobre piso estable, y el aire frío me traía de los pelos, a las cachetadas al piso frío y estable por el que corrían hilos de orín hasta la calle. Ah, o los bordes de la delicadeza, del orgullo, del principio: yo nunca pagué, gil; nunca pagué aunque miré desde adentro el cartel que anunciaba la vida, un cartel de chapa con la más escandalosa metáfora, pura, espléndida metáfora que me dio valor para bajar los ojos, para caminar sin respirar con la nuca endurecida y con las orejas monstruosas. «Hadas perfumadas acariciarán su ensueño». Y vos sabés, hermano, del perfume de las hadas que venían a acariciar tu ensueño, vos sabés que las hadas habían llegado al fondo cocidas de estrías pálidas como surcos de barcos cargueros en el mar. Habré ido ahí también, hermanito. Ahí también. Y ellos se quedaron mirando de lejos, con sus culos flácidos, refugiados en la neutralidad de la helvética bold, disgustados por la amenaza de unos hombrecitos con las cabezas enfundadas, hasta que las mamás llamaron ¡a tomar la leche!, ¡a tomar la leche! y volvieron corriendo con los culos fofos apretados contra el viento. Una noche me subí a un avión de Turkish Airlines con un billete de canje y empecé a ir hasta ese lugar que se llama el fin del mundo. Y, en algún sentido, no volví más.