martin patricio barrios | blanco. Yamal, el fin del mundo - Page 142

Para que bebamos la rubia cerveza del pescador Schiltigheim. Para que amemos Carcassonne y Chartres, Chicago y Québec, torres y puertos. Los blancos molinos harineros y la luz de las altas ventanas de la noche encendidas para los hombres de frac y los ladrones. Y las islas en donde los Kanakas comen plátanos fritos y bajo las palmeras entre ágiles mulatas suenan los ukeleles. Islas, dije, las islas, soles rojos, platillos para Darius Milhaud. ¡Tener un corazón ligero! Vale decir, amar a todas las mujeres bellas. Y una moral ligera, vale decir, andar con gitanos alegres y dormir en un puerto un ocaso cualquiera y en otro puerto y otro y andar con suavidad y con desenvoltura de fumador de opio. Para que a cada paso un paisaje o una emoción o una contrariedad nos reconcilien con la vida pequeña y su muerte pequeña. Para que un día nos queden unos cuantos recuerdos: decir, estuve, estuve en tal pasión, en tal recodo. Estuve por ejemplo, [H\XHH]X\[Y\[HXpX[Kۈ[ޛH\Y[H[Z\Y[]Z[KHY\H\K[\[Y[X\HYY\K\\[\\H\\\X[ۈYX[HY]K\H]YHX[[HXXH\^H[\Y܈H[YZ[B\X\\[\\\HH\\H\[X\Y\˂\[[[[H[ܝXZYHH[Z[]YH\[H[Z[]YHY[[Bp۞[^p[ۈ NL K0H\^H[\Y܈[YZ[p˂[H[H[YZ\[HYYXKY[Z\\ΈZ^\ܘXX\]KY[\HH\H[\\HZJB