martin patricio barrios | blanco. Yamal, el fin del mundo - Page 108

Unas huellas de zorro. Cortitas, juntas. Los zorros dan pasitos cortos y rápidos como si con eso pesaran menos sobre la nieve. Me acordé de algún cementerio de mi infancia, algún edificio municipal de varios pisos con nichos cubierto de flores secas o de flores de plástico, según el grado de esmero de los deudos, cubiertos de placas con fotos estampadas sobre porcelana siempre fuera de registro, siempre descentradas del marco, cubiertas de frases amorosas, sinceras o no, pero amorosas. Los pisos eran de rejas, tal vez para dar luz a los pisos de abajo. En la planta baja me pareció divertido mirar para arriba, ver las suelas de los zapatos, las enaguas, los visos, las bombachas de italianas atestadas de gladiolos y claveles, desde la planta baja era divertido ver el mundo desde otra perspectiva. Y no me pareció pecaminoso mirar el culo de las deudas en el camposanto, al fin y al cabo los culos se ofrecían generosos con la complicidad de sus dueñas. En el segundo nivel las rejas del piso se movían más de lo que el cálculo del herrero habría previsto, si es que el herrero calculó los riesgos del peso de millares de mujeres bajas y culonas acarreando toneladas de gladiolos y de claveles, entonces intentaba hacerme liviano. De alguna manera. Pisar cortito y rápido me pareció una buena forma de vencer la gravedad. En algún momento se escuchó el aleteo más allá del crujido de nuestras pisadas sobre la nieve y todos corrieron enloquecidos hasta los trineos. Corrían levantando nieve y cayéndose y parándose como muñecos mal programados. Cuando volvieron con los fusiles remontados, el pájaro estaba parado en un árbol a unos 300 metros, ignorándonos por completo. Artyom apuntó poniendo una cara que de verdad daba risa. Intenté no reírme. Cerraba el ojo y abría el ojo, ponía foco acá y allá hasta que lo bajó puteando. Volvieron discutiendo entusiasmados sobre algo que seguro era la distancia del pájaro. Yo me quedé mirando al pájaro, feliz, no de que el pájaro siguiera vivo, sino de haberme librado de comer su carne gris y seca como si fueran trufas rellenas. «Muy lejos», me dijo Dima.